Cuando lo digital deja de ser un juego: la urgencia de actuar en las comunidades escolares

Yalile Said, Directora General de Certum

Esta semana una situación remeció a la comunidad escolar profundamente. En un colegio estudiantes de 2º y 5º básico fueron expuestos, a través de una plataforma de videojuegos (Roblox), a contenido sexual explícito y a mensajes de un adulto desconocido. Lo más grave no fue solo el contenido, sino la amenaza directa que recibieron: que no podían contarle a ningún adulto porque —según decía el agresor— conocía sus ubicaciones a través de la IP de sus dispositivos.

Niños de siete y diez años están enfrentando, solos, una amenaza que juega con el miedo y el silencio. Esto no es una excepción ni un caso aislado. Es un síntoma de un problema urgente que se está volviendo cada vez más frecuente y más complejo.

Pero este no es un problema exclusivo de Chile. En 2023, Roblox reportó más de 13.000 casos de explotación infantil al Centro Nacional para Niños Desaparecidos y Explotados (NCMEC) en Estados Unidos. En Turquía y otros países, Roblox está prohibida por el riesgo que representa para niños, niñas y adolescentes. Basta realizar una simple búsqueda en Internet, para encontrar múltiples noticias de abusos sexuales que tienen su origen en esta plataforma.

Quiénes estamos vinculados desde distintos ámbitos a la educación, debemos hablar con claridad: es imprescindible que padres, madres, docentes y comunidades escolares tomemos conciencia. Lo que está ocurriendo en los entornos digitales no es solo un “riesgo” abstracto, ni algo que se solucione con controles parentales. Requiere adultos presentes, informados y comprometidos que se hagan cargo de la magnitud del problema.

Las escuelas, por su parte, no pueden limitarse a informar o sugerir cuidados. Tienen el deber —legal, ético y humano— de proteger a sus estudiantes. Y eso implica alertar a los apoderados, comunicar con claridad que esto no es una recomendación: es una responsabilidad compartida. El deber de cuidado implica también entregar información pertinente para que apoderados comprendan la magnitud del riesgo. La infancia necesita de adultos que no solo se preocupen, sino que se hagan cargo.

¿Qué pueden hacer los colegios? Activar espacios de conversación con estudiantes, entregar orientaciones concretas a las familias, formar a sus equipos docentes en ciudadanía digital, mantenerse alerta a las señales y estar disponibles para contener y actuar cuando sea necesario. La respuesta no puede ser temerosa ni solo técnica: tiene que ser formativa, afectiva y decidida.

Hoy más que nunca, es momento de abrir los ojos, levantar la voz y actuar. No podemos permitir que el miedo se apodere del derecho de niños y niñas a crecer protegidos, escuchados y seguros —también en el mundo digital.